Un estudio publicado recientemente en Nature Neuroscience demuestra precisamente eso: que a los descendientes machos de ratas machos que consumían cocaína les gusta menos la droga y hacen menos esfuerzos para conseguirla. Pero el estudio dice mucho más, atribuye ese comportamiento a un mecanismo epigenético lo que supone una cierta reivindicación de Lamarck.
Vayamos por partes. El trabajo ha sido llevado a cabo por un equipo de científicos de la Universidad de Pennsylvania dirigido por Christopher Pierce. Los investigadores dieron cocaína con autoadministradores a ratas macho durante sesenta días. Tras eso, aparearon a esas ratas con hembras que nunca habían consumido la droga. E inmediatamente después del apareamiento, separaron a las hembras de los machos para que el comportamiento de los "drogadictos" no las contaminara a ellas.
Un seguimiento de las crías de estas ratas descubrió que los descendientes machos, no las hembras, de las ratas "cocainómanas" consumían menos cocaína de los autoadministradores que los descendientes de las ratas del grupo de control a las que solo se había proporcionado una solución salina. No solo eso, a los primeros la droga parecía gustarles menos ya que hacían un esfuerzo mucho menor para hacerse con ella.
El investigador principal, Christopher Pierce, señala que este estudio "es el primero que demuestra que los efectos químicos del consumo de cocaína pueden trasmitirse a las generaciones futuras". El artículo también explica, aunque muy someramente, cuál puede ser una de las vías de trasmisión de ese comportamiento.
Los autores defienden que el consumo de la droga provoca cambios epigenéticos -los fenómenos ambientales que afectan a la expresión de los genes- en los espermatozoides de las ratas que entonces son trasmitidos a sus descendientes. Sorprendentemente, solo a los descendientes machos, según este artículo. Y sobre esto, los autores aseguran que aunque no saben a qué se debe creen que puede ser por factores hormonales y señalan, por ejemplo, la segregación de testosterona que se produce en los machos durante la gestación.
En cuanto a cuál es el mecanismo que frena los deseos de cocaína en los descendientes y que, según el artículo, estos han heredado de sus progenitores consumidores, el trabajo identifica uno y advierte de que pueden existir otros más.
El artículo señala que la investigación de los cerebros de las crías a las que les gustaba menos las cocaína descubrió un aumento en los niveles de una proteína llamada factor neurotrófico derivado (BDNF) en la corteza prefrontal. Esta proteína ya era conocida por su influencia en la sensibilidad a la cocaína.
Pierce también reconoce que "el equivalente en humanos de nuestro experimento es esencialmente imposible" pero insiste en que lo que ellos han demostrado es que el comportamiento de los padres puede influir en la fisiología y el comportamiento de los descendientes". En las ratas, añadiría yo.


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