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Mar. 20, 2012

La evolución continúa. También para los humanos.

by Luis Quevedo

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Como decía Doris Day ¿“Que Sera, Sera”? ¿Qué nos deparará el futuro? Si hay algo que, en la era de los genomas y la neurociencia, todavía podemos decir que nos diferencia del resto de los animales es la humana obsesión por el mañana. Desde tiempos inmemoriales hombres y mujeres se han preocupado por el futuro, por si habrá comida, si sus hijos tendrán una buena vida o, simplemente, si llegarán a ver la luz de un nuevo día. Las paredes en la cueva de Lascaux, la astrología en Egipto y Babilonia, el Oráculo de Delfos o los innumerables expertos que pueblan los debates televisivos nos dan prueba de que guerras, amores, trabajo e inversiones han ocupado nuestra mente desde que el hombre es hombre. Ahora bien, ¿qué hay de ese hombre? ¿Qué será de nosotros como especie?
 
El cambio climático y la crisis energética, la inestabilidad política y el caos de valores alimentan la necesidad de saber, de predecir que se hará de los humanos y su civilización. ¿Sobreviviremos a las vicisitudes de nuestro tiempo y, si lo hacemos, serán los que lleguen iguales a los que partieron?
 
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La canción de Doris Day también decía “Whatever will be, will be. The future’s not ours, to see”… pero conozco a más de un científico que opina lo contrario, que la ciencia tiene datos y teorías con las que especular sobre nuestro futuro. Vamos a ello, pues, veamos qué tienen que decir los científicos sobre el futuro del Homo sapiens.
La eterna pregunta, ¿de dónde vengo, hacia dónde voy? tiene dos mitades. Y nada mejor para responder a la segunda que revisar la primera. Al menos, eso es lo que nos plantean los científicos: Conocer nuestro pasado para predecir mejor nuestro futuro.
 
El primer dato chocante del pasado es que, aunque nos cueste creerlo, no hemos dejado de evolucionar. Nuestra especie, el Homo sapiens, apareció en África hace unos 180,000 años. A partir de 50,000 años nuestros antepasados se extendieron por todo el planeta, alcanzando la India hace 80,000, Australia hace 60,000 y América, a través del estrecho de Bering, hace unos 25,000 años. Los pueblos que coexisten en el planeta comparten un origen común al tiempo que sus particulares biografías los han tildado con diferencias genéticas frutos del proceso de evolución por selección natural que Charles Darwin describió hace más de siglo y medio.
 
Colores
El color de la piel es un de los rasgos más evidentes, y la historia que se esconde detrás de éste es algo más interesante de lo parece a primera vista. Cuando, hace unos 7 millones de años, nuestros antepasados y el de los chimpancés se separaron, ambos tenían el cuerpo cubierto de pelo. Ese pelaje protegía una piel delicada y clara, como la que hoy mantienen nuestros primos africanos -cuando nacen, los chimpancés tienen una piel muy poco pigmentada que solo se oscurece por acción del Sol tropical a lo largo del tiempo-. Las diferentes especies que mediaron entre aquellos parientes lejanos y nosotros fueron progresivamente perdiendo ese pelaje. El resultado final de la falta de pelo y la radiación solar fue que nuestra piel se oscureciera para protegernos. El Sol es fuente de vida, sus rayos son los que hacen posible que nuestra piel sintetice la Vitamina D, esencial para el desarrollo de los huesos y cuya escasez provoca raquitismo y dificultades en el parto. En latitudes tropicales hay mucha radiación todo el año, de manera que lo importante es protegerse contra el daño que ésta causa en nuestro ADN y la facilidad con la que los rayos ultravioletas destruyen el folato -una molécula esencial para el desarrollo del sistema nervioso durante la gestación-. Todos los Homo sapiens empezamos teniendo la piel oscura.
 
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Cuando algunos abandonaron los trópicos para adentrarse en Eurasia, el color de su piel supuso un problema. La pigmentación ya no protegía contra los rayos ultravioletas -escasos en latitudes septentrionales- y, además, impedía la síntesis de cantidades suficientes de vitamina D. Lo que ocurrió entonces es que, a lo largo de unas cuantas generaciones, los pueblos que ocuparon Europa y Asia sufrieron mutaciones en su ADN que les confirieron una piel menos pigmentada. Lo más curioso es que ambos, europeos y asiáticos, tienen la piel clara por mutaciones distintas. Lo que en evolución se llama característica análoga.
 
 
Lácteos
Menos remoto, y más engorroso que mortal, es otro de los rasgos que la evolución reciente ha dejado en nosotros. Hace unos 10,000 años, en algún lugar del Fértil Creciente, la zona bañada por los ríos Nilo, Jordán, Tigris y Éufrates -o tal vez en India o el África subsahariana- los humanos domesticamos a la vaca y, con esa primera res, nacieron los lácteos. Vacas y humanos pertenecemos al grupo de los mamíferos. Es decir que, entre otras tantas cosas, tenemos en común las glándulas mamarias productoras de leche. Las mamas sirven para alimentar a las crías después del nacimiento y, llegado el momento del destete, los mamíferos no volvemos a encontrar ese alimento.
 
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Con la domesticación de animales productores de leche, millones de años de evolución volaron por los aires: machos y hembras adultos de Homo sapiens podían alimentarse a diario de leche. El problema es que este desarrollo tecnológico -el de los lácteos- está en conflicto con nuestro programa genético. Como mamíferos que somos, a partir de los dos años de edad, paulatinamente dejamos de producir una enzima del intestino delgado clave para poder digerir la leche llamada lactasa.
 
La lactosa no digerida llega al colon donde provoca síntomas de diarrea y, cuando es digerida por las bacterias que allí viven, se convierte en gases -sobre todo hidrógeno- que resultan muy molestos. Sin embargo, muchos adultos intolerantes toman leche en pequeñas cantidades con normalidad -en el café- sin experimentar efectos graves. Pero, como decíamos, los humanos hemos seguido evolucionando y nuevas mutaciones han hecho que una parte de la población siga produciendo esa enzima en la edad adulta. Aunque la mayoría -un 65%- sea intolerante, hay poblaciones con una larga historia de ganadería y consumo de lácteos que tienen una proporción mucho mayor de estos genes -sobre todo en el noroeste de Europa e India y en algunas regiones de Africa-.
 
Más, mucho más
En el lago camino desde el continente africano a la conquista del planeta los humanos hemos acumulado una lista impresionante de mutaciones de este tipo. La adaptación a las alturas de los Sherpas que viven permanentemente a más de 4,000 metros de altura es una de ellas. Recientes investigaciones apuntan a que lo que diferencia a estos habitantes del Himalaya de otros pueblos, como los amerindios del Perú, son diversos marcadores genéticos que acumularon a lo largo de los miles de años que llevan ocupando esa zona (mucho más tiempo que el que tuvieron los indígenas andinos para adaptarse a ese entorno tan duro).
 
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La anemia falciforme que protege en el África subsahariana del paludismo es una ventaja para aquellos portadores de unas sola copia del gen que la provoca. Durante muchos tiempo fue una característica que permitió sobrevivir en zonas donde esa enfermedad era endémica. Sin embargo, para muchos portadores del gen que hoy viven en zonas no afectadas por el paludismo, como los descendientes de esclavos llevados a Estados Unidos, la anemia falciforme es tan solo un problema genético que no confiere ninguna ventaja -por ahora, claro.
 
Por último, una de las características novedosas más esperanzadoras de la evolución del hombre es la recientemente descrita resistencia al VIH hallada en algunos centro-africanos. Después de casi cien años de exposición al VIH y más de treinta de pandemia a escala mundial, recientes estudios están empezando a estudiar a mujeres que se dedican a la prostitución y que son portadoras del virus desde hace años y, sin embargo, no desarrollaron la enfermedad. Cuando se llegue a entender el mecanismo por el que estas personas resisten la enfermedad, tal vez asistamos al nacimiento de una nueva vía preventiva contra la enfermedad.
 
Pero claro, todo eso es cosa del pasado, ¿cierto? Hace tiempo que ya ocupamos todos los rincones habitables del planeta. Hace miles de años que nos extendimos desde el corazón de África hasta Tierra del Fuego. Entonces, ¿qué nos queda por evolucionar?
 
Hace un par de años, el Profesor Steve Jones, Genetista del University College de Londres y que ex-director del Galton Laoratory, dijo, tajantemente, que los humanos ya no estábamos evolucionando. Su argumento no tenía nada que ver con nuestra adaptación a ambientes nuevos, en absoluto, sino con la adaptación de los ambientes a nosotros. Jones dice que “hemos dejado de evolucionar porque la medicina y la ingeniería moderna” han permitido sobrevivir a muchos que antes no hubieran tenido elección. “En tiempos de Shakespeare -s.XVI-, uno de cada tres bebés ingleses vivía hasta cumplir los 21 años. Cuando nació Darwin −1809-, uno de cada dos lo conseguía. Era una lotería. Pero ahora casi el 99% de los bebés ingleses viven hasta los 21 años de edad. Es algo difícil de decir pero esos niños que no sobrevivieron eran el combustible de la selección natural, muchos de ellos murieron por los genes que llevaban.” Según Jones, la humanidad está detenida en su evolución y progresivamente menos capaz de reaccionar ante cambios ambientales como, por ejemplo, una pandemia. En los últimos años hemos vivido varias situaciones críticas con la gripe porcina, la aviar y los ya viejos miedos del ébola, SARS, etc. En un mundo global, interconectado por avión en escasas horas, el peligro de una epidemia que se tome la vida de millones es más real que nunca.
 
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¿Significa eso que estamos condenados? Otros científicos opinan que Jones está equivocado y que la situación opuesta es la realidad. El hecho de que la mortalidad infantil descienda cada año, enriquece el tesoro genético de la humanidad. PZ Myers, el célebre bloguero y profesor de la Universidad de Minnesota, Morris, es de la opinión que hoy somos más diversos de lo que jamás fuimos gracias a que menos hombres y mujeres mueren siendo niños y pueden llegar a tener descendencia. ¿Quién sabe si no será un asmático -alguien que antes de la medicina moderna difícilmente habría logrado sobrevivir- el que porte el gen de resistencia a la próxima pandemia?
 
El proceso evolutivo tiene dos patas: variedad y selección. En cada generación aparecen nuevos individuos con genomas únicos que el clima, las enfermedades, los objetivos del agricultor, o los gustos sexuales de moda, permitirán tener más o menos descendencia. Esta descendencia y su variedad genética también serán sometidos al proceso de selección. Por ahora, parece que los Homo sapiensestamos disfrutando de un período de poca presión ambiental que favorece la diversidad genética… pero eso no significa que nos hayamos salido de la rueda de la evolución.
 
Los científicos que piensan que seguimos dentro del juego de la evolución tienen opiniones radicalmente distintas sobre cómo serán nuestros descendientes.
 
Inercia genética
Ian Tattersall, director del área de antropología en el American Museum of Natural History de Nueva York, EE.UU., piensa que “los humanos hemos evolucionado muy rápido cuando las condiciones en las que esperaríamos evolución se han dado. Es decir, pequeñas poblaciones, muy repartidas en una territorio extenso. Ahí es donde el acervo genético es poco estable e incorpora novedades con facilidad.” Es decir, que en grupos aislados es fácil que un carácter beneficioso -el primer asiático de piel clara, por ejemplo- se extienda por la población. Pero “cuando tienes una población inmensa como hoy, y muy móvil, ya no tienes esas condiciones.” En el mundo actual, las poblaciones que adquirieron características propias -piel, lácteos, alturas, etc.- están mezcladas, interconectadas genéticamente. “No hay manera de que el acervo genético se mueva en alguna dirección concreta de una manera significativa. Hay demasiada inercia genética.” Aunque aparezcan innovaciones, éstas quedarán diluidas en el inmenso océano de la humanidad.
 
No todos los científicos opinan como Tattersall. Hace un par de años apareció un artículo en la revistaPNAS titulado “Selección natural en una población humana contemporánea.” En él, un grupo de científicos liderados por el profesor de la Universidad de Yale Stephen Steams, publicaron que, en el pequeño pueblo del noreste de EE.UU. llamado Framingham, las mujeres de menor estatura y mayor peso tenían más descendencia y que, con el tiempo, la población entera tenderá a ser más baja, gorda y, además, a tener menores niveles de colesterol y presión sanguínea, entre otras características. ¿Por qué está sucediendo esto? Ni idea. Lo dicen los datos: un proceso evolutivo medido en vivo y en directo. Un proceso que probablemente acabe siendo una de las gotas en el océano genético del que nos hablaba Tattersall.
 
Fuerza mayor
Aunque… Siempre hay un aunque. Si hemos dejado de evolucionar porque nuestros genomas están excesivamente conectados, si dejaran de estarlo, la evolución volvería a entrar en juego. Tattersall habla de diversos escenarios “alguna locura desatada por la propia humanidad”, como en su día fueron los fantasmas de la Guerra Fría, una “pandemia de efectos devastadores o, incluso, el impacto de un objeto de gran tamaño proveniente del espacio” como lo fue el que posiblemente cayó en Yucatán hace 65 millones de años y acabó con la era de los dinosaurios. En un caso así, los pocos supervivientes quedarían aislados y la evolución podría volver a inmiscuirse en los asuntos del hombre.
 
La probabilidad de que algo así suceda es mínima. De modo que, si queremos especular sobre el futuro, mejor buscar escenarios más plausibles. Por ejemplo, que no suceda ningún desastre sino que sea el propio hombre el que favorezca, o fuerce, esa evolución.
 
Cuestión de gusto
Podemos imaginar dos casos así y ambos tienen mucho que ver con la llamada selección sexual de la que ya habló Darwin. Geoffrey Miller, psicólogo evolutivo de la Universidad de Nuevo Mexico, cree que, a causa del entorno tecnológico en el que vivimos, “la inteligencia” -medida en función del cociente de inteligencia, o IQ- “conlleva mayores ingresos, estatus social y atractivo sexual.” Si ahora, como decía Jones, la ingeniería y la medicina modernas permiten sobrevivir a los que antes no lo hubieran logrado, Miller opina que la presión cultural que causa la tecnología favorece a los más inteligentes a costa de los que no lo son tanto. La lógica de la selección sexual dice así: las hembras, en la mayoría de los casos, escogen con quién aparearse en base a algún tipo de competición -activa, como en las luchas de ciervos; o pasiva como con alguna ostentación de belleza- entre los machos disponibles. En el caso de la cola del Pavo Real, esto hace que rasgos no esenciales para la supervivencia del animal sean tremendamente favorecidos. Si me permiten resumirlo con algo menos de pompa: resulta que gracias a los avances de la ciencia, el tipo con más chispa es quien más liga, sin importar si su genética le inclina a la salud o la fortaleza físicas. Miller cree que, con el tiempo, sin importar cuán bajitos o gordos, seremos más inteligentes.
 
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A esto, Miller añade, debe sumársele la posibilidad de que, en un futuro no muy lejano, la tecnología nos permita seleccionar características genéticas en nuestra descendencia. En este caso, no solo estaríamos hablando de evolución, sino de una posible separación en los que, con dinero, puedan permitirse ese tipo de tecnología, y los que no. Una idea muy vieja, grabada en el imaginario colectivo por 1984 o GATTACA y que, en opinión de Ian Tattersall, es difícil que la encontremos fuera de las páginas de un libro o las pantallas del cine porque “para que algo así tuviera lugar, tendrías que separar [durante generaciones] a parte de la población del resto y, políticamente, eso parece muy improbable.”
 
Todos conocemos un escenario con un aislamiento como el que propone Tattersall. Lo hemos visto cientos de veces en la ciencia ficción: 2001 o Blade Runner, por ejemplo. Si, en el futuro, establecemos colonias en el espacio exterior, las poblaciones humanas que las ocupen sí estarán efectivamente aisladas durante largos períodos de tiempo. Lo suficiente como para que la evolución las separe de los que se queden en la Tierra.
 
Aunque… y, de nuevo, tenemos otro aunque. Toda la tecnología necesaria para que extendamos nuestros dominios más allá de este sistema solar es, en verdad, mucha tecnología. Tanta, que no resulta descabellado pensar que para entonces, otro tipo de evolución podría haber tenido lugar: la singularidad.
 
Singularidad
En palabras de su más célebre evangelista, Raymond Kurzweil, la singularidad es un “tiempo futuro en el que la velocidad de cambio tecnológico será tan rápida, y su impacto tan profundo, que la vida de los humanos cambiará irreversiblemente.”
 
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Lo que Kurzweil quiere decir con esto es algo así como el advenimiento de la era cyborg, cuando los hombres puedan extender sus capacidades -sentidos, memoria, inteligencia, fuerza, esperanza de vida- mediante la tecnología hasta extremos hoy insospechados. Aunque, dicho así, suene a ciencia ficción, pensemos que en poco más de un siglo la esperanza de vida se ha duplicado para gran parte de la población mundial. ¿Por qué no podríamos seguir avanzando por esta senda mediante la medicina, la electrónica o cualquier otra tecnología?
 
Nick Bostrom, director del Future of Humanity Institute de la Universidad de Oxford, UK, especula sobre supersoldados, atletas sobrehumanos o personas que, tras escanear su cerebro átomo por átomo, vivieran como seres digitales moviéndose a la velocidad de la luz y ocupando cuerpos robóticos cuando así lo quisieran.
 
Bostrom piensa sobre ello. Kurzweil está decidido a hacerlo realidad. En la Singularity University de California, que cuenta con el apoyo de organizaciones de la talla de Google o la NASA, Kurzweil ofrece, a un selecto grupo de estudiantes venidos de todos los rincones del mundo, una estancia en la que explorar temas como estudios futuros y predicción, biotecnología y bioinformática, nanotecnología, inteligencia artificial y computación cognitiva y -no podía faltar si la idea es hacerlo realidad- finanzas y empresa.
 
Críticas a esta idea no faltan y atacan dos puntos débiles. ¿Seremos capaces de construir una inteligencia superior y digital si cientos de ingenieros no consiguieron que mi computadora funcione correctamente? Y, ¿si lo conseguimos, la lógica de la historia, incluso de la historia de nuestra especie, no nos dice que lo más probable es que la nueva especie nos conduzca a la extinción? A lo primero, Michael Anissimov del singularity Institue, responde que, necesitamos una teoría científica unificada de la inteligencia. En campos donde sí hay una teoría sólida, hemos obtenido resultados sólidos del trabajo de cientos de ingenieros: poner un hombre en la Luna, construir un acelerador de partículas o ganar el juego de Jeopardy. A lo segundo, con algo menos de seguridad, Anissimov espera que cuando creemos esta super-inteligencia, lo primero que le programemos sea el amor por los seres humanos. Una idea que parece extraída de las novelas de su casi homónimo, Isaac Asimov.
 
El futuro es caro
Según Eudald Carbonell, no solo las transformaciones biológicas -la aparición de una especie y la extinción de otra- acarrean grandes costes en vidas humanas. Las revoluciones tecnológicas que han caracterizado a la tardía evolución cultural de nuestra especie también ha sido costosísima: las revoluciones se deben metabolizar. Para entenderlo, nada mejor que un ejemplo paradigmático. La revolución industrial que se inició en Inglaterra en el s.XVIII tuvo consecuencias que llegaron hasta casi la mitad del XX, en forma de dos Guerras Mundiales. Ese fue el costo de metabolizar el cambio de una sociedad agraria a una urbana e industrial, “200 millones de vidas, directas e indirectas.” Según Carbonell, la metabolización de la revolución científico-técnica que se inicia en el s. XX “también nos pasará factura. Plausiblemente, la pérdida demográfica del orden de la anterior, un 15%, o más, de la especie pagará con su vida la continuidad evolutiva.”
 
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Sea cual sea la senda que finalmente tome la humanidad, la mejora dirigida de la especie mediante la ciencia, la íntima comunión con la técnica a través de la singularidad, la cíclica repetición de la historia al estilo griego clásico -idéntico cuerpo, idéntica mente, idénticas condiciones- o una -¿dolorosa?- extinción como la de tantas otras especies antes y después de nosotros, el relato del Homo sapiens será especial. Tal vez esto sea una debilidad, un chauvinismo de especie pero, no podemos acabar sin unas palabras más del gran Eudald Carbonell:
“Buscar las diferencias con otros géneros y especies es muy interesante si lo hacemos para reafirmarnos como una especie con raíces compartidas con las demás. Lo que nos hace especiales es al forma de adaptarnos[…] Nuestra manera de socializarnos y la técnica, ligada a la comunicación a través del lenguaje, nos dan una especificidad animal que todavía no compartimos [con otras especies] y que difícilmente compartiremos. […] Al buscar esas diferencias lo hacemos para afirmar que formamos parte de la evolución, pero también que evolucionamos de otro modo […] Esta conciencia nos permite modificar, mediante la reflexión, la forma de nuestra evolución.”
 
Puede que los humanos seamos algo así como el hijo pródigo de la evolución. Gracias a la ciencia estamos aprendiendo de nuestros aciertos y fracasos por igual. ¿Conseguiremos sobreponernos al calentamiento global y los retos que nos traiga el futuro de la misma manera que lo hicimos con los peligros de la Guerra Fría, las Guerras Mundiales, la Peste, o las innumerables ocasiones en que civilizaciones enteras se han elevado para luego caer y desintegrarse? Si estás leyendo esto, es que tú también tienes un boleto para este espectáculo. Nos vemos a la salida.
 
Referencias
Hum Genet (2009) 124:579–591
Evolution and Human Behavior 28 (2007) 375–381
www.pnas.org/cgi/doi/10.1073/pnas.0906199106
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About Luis Quevedo

Luis is the Spanish Language Producer for NPR-Science Friday/ Recovering scientist that moved away from the bench and towards the light of the cathode ray tube of tv. He is a filmmaker, writer, producer, tv-host, and cultural agitator.

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