Sobrevolamos las montañas cercanas a Kangerlussuaq y en pocos minutos estamos rodeados de kilómetros y kilómetros de hielo cegador. El avión vuela bajo (a 450 metros de la superfície), así que podemos apreciar muchos detalles del paisaje: multitud de grietas en aquellos lugares donde un glaciar acelera su curso, picos que emergen oscuros entre el blanco panorama, algún que otro charco resultante del inicio del deshielo primaveral de la capa de nieve invernal que cubre los glaciares.
Como ya he mencionado, la NASA utiliza un aeroplano P-3B para esta misión. Se trata de un avión militar que fue transferido a la agencia espacial estadounidense en el año 1992 y que desde entonces se ha utilizado para estudios científicos. El avión no está dedicado exclusivamente a la campaña ártica de IceBridge: por ejemplo, a finales de este año se utilizará en California para estudios de contaminación atmosférica.
Cuando el centro NASA Wallops en Virginia prepara el P-3B para la misión de Groenlandia, lo equipa con una serie de nueve instrumentos: un láser, cuatro tipos de radar, una cámara fotográfica de alta definición, un termómetro de superficie, un gravetómetro y un magnetómetro. Excepto el gravetómetro, que va en el interior del avión, todos los sensores de los instrumentos van montados en el fuselaje del P-3B (bajo las alas o debajo de la cabina). Las computadoras que procesan la información están dentro del avión, alojadas en torres metálicas firmemente amarradas al suelo. El científico responsable de cada instrumento va sentado al frente de su torre durante las ocho horas de vuelo, comprobando que no se den errores en la recolección de datos.
Los instrumentos científicos de IceBridge se complementan el uno con el otro, como buenos jugadores de equipo. Los láseres se encargan de analizar la superficie del hielo y dan información muy detallada sobre las variaciones en elevación que se dan de un año para otro cuando el hielo se derrite o crece debido a acumulación de nieve. Básicamente, lo que los láseres hacen es emitir un pulso de luz que rebota en la superficie del hielo y regresa al avión, donde es entonces captado por los sensores instalados en el fuselaje del P-3B. El tiempo que tarda la señal luminosa en volver es indicativo de la altura del hielo (cuanto más alta es la capa de hielo, menos tarda el pulso de luz en regresar al avión). Los radares funcionan de manera similar pero utilizan otro tipo se señal, energía electromagnética. A diferencia del láser, que se detiene en la superficie, la señal de radar penetra en la capa de hielo y aporta información sobre su grosor y estructura. Uno de los radares se encarga de observar el suelo bajo el hielo para poder crear un perfil topográfico que permite a los científicos comprender por qué algunos glaciares se desplazan más rápido que otros. Y finalmente, el gravetómetro y magnetómetro analizan la composición geológica del suelo.
Hoy volamos hacia el sur, siguiendo una ruta que trazó el año pasado otro avión de la misión IceBridge que transportaba otro láser de la NASA llamado LVIS (Land Vegetation and Ice Sensor, o Sensor de Vegetación Terrestre y Hielo). Es habitual que IceBridge repita las mismas rutas año tras año o que se dedique a recorrer las rutas principales de algún satélite, como CryoSat o el difunto ICESat, para poder comparar datos y ajustar medidas. Cuando los científicos analicen los datos de hoy, los podrán comparar con la información que LVIS midió en 2011 y comprobar cómo ha evolucionado la capa de hielo de un año para otro.



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