En apenas unas horas, una interminable lluvia de ceniza caía sobre ambos lados de la frontera chileno-argentina. Más de 3.500 personas fueron evacuadas de las inmediaciones chilenas y ciudades como Bariloche en Argentina—a unos 130 kilómetros de distancia del volcán—quedaron cubiertas por 30 centímetros de ceniza volcánica. Los efectos de este manto fueron terribles: cortocircuitos de las líneas eléctricas, carreteras cortadas, aeropuertos y escuelas cerradas... No por un día, ni una semana, no. Por más de nueve meses, el complejo siguió retumbando y tapando el horizonte local con nubes de ceniza a las ciudades argentinas de Bariloche y Villa La Angostura.
El complejo de Puyehue-Cordón Caulle se extiende por casi 18 kilómetros al sur de los Andes chilenos, a unos 100 kilómetros al este de Osorno. La región cuenta con más de 60 volcanes -históricamente o potencialmente- activos. La erupción del pasado junio no se originó de un sólo cráter sino que resultó de varias fracturas y fisuras, dice Gustavo Villarosa, un vulcanólogo con sede en la Universidad Nacional del Comahue en Bariloche. Cien millones de metros cúbicos de material piroclástico se lanzaron por día en la fase inicial de la erupción, según el Servicio Nacional de Geología y Minería de Chile (Sernageomin).
“Vamos a estar por años pagando por esto,” dice Villarosa. La ceniza se metió en los fluyentes cloacales y las plantas de tratamiento de aguas residuales. “Las bombas están corroídas y los filtros se bloquearon.”
Las autoridades tuvieron tiempo para planificar para la erupción, pero no lo hicieron, dice Villarosa. En las semanas previas a la erupción, Villarosa y sus colegas se reunieron varias veces con las autoridades en Bariloche y Villa La Angostura—a menos de 100 kilómetros al norte—para advertirles de que la actividad sísmica se estaba volviendo más fuerte y más frecuente, uno de las pocas señales que tienen los científicos de una erupción inminente. Villarosa insiste en que les dijo que la erupción era inminente y que debían preparar un plan de contingencia pero no lo elaboraron. -Las autoridades locales han declinado comentar sobre este hecho.-
“Quieres que esté preparada la comunidad para enfrentarse con un catástrofe,” me cuenta Villarosa. Me da un ejemplo: “Cuando hay una caída de ceniza, la provisión de energía eléctrica es la primera en en parar. Cubre los cables y las torres eléctricas y, como la ceniza es conductora de la electricidad, hay un cortocircuito. Esto pasó en Bariloche y Villa La Angostura y tiene costos económicos y psicológicos. Hay miles de incertidumbres y la gente no se siente protegida.”
En los días posteriores a la erupción, las personas fueron advertidas por autoridades de salud locales de que usaran máscaras y permanecieran en lugares cerrados. La ceniza cubría la región de una nieve gris. El riesgo para la salud fue inmediato: la ceniza volcánica contiene sílice cristalino, un polvo fino y químicamente similar al vidrio, la inhalación o el contacto con la piel y los ojos del mismo producen irritación y puede agravar a condiciones respiratorias preexistentes como bronquitis crónica, enfisema y asma.
Después de doce días, el Sol volvió y el lento proceso de limpieza empezó. Las líneas de alta tensión fueron reemplazadas, los techos arreglados y las carreteras limpiadas de ceniza. Sin embargo, los lagos, los ríos y la flora de la región seguían cubiertos de ceniza gris. ¿Qué tipo de efecto ambiental tendría este manto volcánico?
Un científico que busca respuesta a esta pregunta es Gonzalo Irisarri de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Mirando imágenes satelitales que muestran la extensión de la cobertura de la ceniza sobre la vegetación, Irisarri estima que la productividad de vegetación el la región se encuentra en su nivel más bajo en diez años. Explicó el mecanismo en un estudio publicado por el departamento de agricultura de la UBA en febrero: “Las cenizas depositadas sobre las hojas actúan como un sombreo y reducen la capacidad de interceptar la luz solar en la vegetación. La sequía disminuye la capacidad de la vegetación de mantener todos los procesos fisiológicos, entre ellos la fotosíntesis y, por ende, la producción de materia seca.”
¿Qué significa esto para la flora patagónica?
El día de febrero que llegué a Bariloche, la nube de ceniza era pesada, atenuaba el Sol de mediodía y ocultaba a la vista del Lago Nahuel Huapí. Al bajarme del autobús, le pregunté al conductor si toda mi estancia en Bariloche iba a ser así. “Ha sido así durante meses”, dijo. “Hay que rezar que los vientos soplen.”
Es una oración de la que depende el sector turístico de la región. Desde la erupción de junio, Bariloche—una ciudad turística en invierno y verano que atrae a más de 700.000 visitantes por año—ha visto una tremenda caída en las cifras de visitantes. Después de la erupción, la tasa de ocupación hotelera fue “prácticamente nula” para el resto de 2011, según un informe de la Agrupación de Hosterías, Hoteles, Cabañas y Bungalows (AHHB) de Bariloche.
Científicos chilenos dicen que el complejo Puyehue-Cordón Caulle está mostrando señales de disminuir. La lava ha dejado de fluir, la ceniza se ha reducido a una voluta y los chilenos evacuados han podido regresar a sus casas para volver a sus vidas bajo la sombra de los volcanes.


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