Los investigadores diseñaron un estudio muy simple: enviaron a directores de laboratorios de física, química y biología de seis importantes universidades, tres privadas y tres públicas, una hoja de vida de un supuesto estudiante recién graduado. Lo que pedían a esos profesores es que a partir de esa hoja de vida evaluaran las aptitudes del supuesto estudiante, que explicaran si lo contratarían en su laboratorio como técnico y cuánto salario creían que podían ofrecerle.
El nombre del estudiante en la mitad de esas hojas de vida era John y en el otro 50% era Jennifer. Pero salvo el nombre de pila, el resto de la información era exactamente la misma.
127 profesores respondieron a la petición de los investigadores de Yale University. Y la primera conclusión cuando estos analizaron las respuestas fue que los profesores consideraron más competente al supuesto estudiante varón que a la supuesta estudiante mujer a pesar de que sobre el papel sus cualidades eran idénticas. Se les pidió que lo calificaran en una escala de 1 a 7. Cuando calificaron a John, la media fue 4; cuando calificaron a Jennifer, la media fue 3,3.
Pero aún llegaron más lejos, era más probable que le ofrecieran una tutoría o un puesto en su laboratorio al varón que a la mujer. Y también era mayor el salario que estimaron que podrían ofrecer cuando el nombre del estudiante era masculino que cuando era femenino. A John le ofrecían de media un salario inicial de 30.328 dólares, a Jennifer 26.508 dólares.
Los investigadores destacan en su estudio que la actitud discriminatoria que han detectado no parece estar relacionada ni con la edad, ni con el sexo ni con la disciplina que ejercen los profesores que contestaron a la encuesta. Discriminaron por igual los profesores y las profesoras. Y también han detectado igual discriminación en física y química y en biología, a pesar de que en este último campo científico es mucho más habitual la presencia de mujeres, donde son más del 50%.
Los investigadores que han realizado el trabajo destacan también que no creen que la actitud discriminatoria sea intencionada sino que, más bien, lo que refleja es una influencia cultural subconsciente.
Es innegable que la mayoría de las instituciones en Estados Unidos han hecho un esfuerzo por la integración de género en las universidades norteamericanas, sobre todo a partir de la década de los años setenta. Pero el creciente número de mujeres en algunas carreras dejó de aumentar e incluso, en algunas de ellas, ha descendido de nuevo en los últimos años. Por ejemplo, en las carreras de ciencias de la computación hasta 1985 el porcentaje de mujeres graduadas pasó del 14% al 35% pero en 2008, la tasa de graduadas había vuelto de nuevo al 18%.



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