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Dec. 20, 2012

El año que América Latina curó a África

by Materia

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A mediados de 2006, la Organización Mundial de la Salud lanzó una urgente llamada de socorro. La organización dependiente de Naciones Unidas alertó de una preocupante escasez de vacunas contra la meningitis que ponía en peligro la vida de millones de personas en el llamado “cinturón de la meningitis”, una zona que abarca 18 países de África Subsahariana desde Senegal hasta Sudán y que sufre periódicas epidemias de esta enfermedad. Más de 300 millones de personas estaban expuestas a la infección, que causa una inflamación del tejido que recubre el cerebro y la espina dorsa. La enfermedad deja daños cerebrales y puede matar a la mitad de los infectados si no reciben antibióticos.
 
Sólo una empresa (Sanofi Pasteur) fabricaba vacunas aptas para tratar las infecciones en el cinturón de la meninigitis. La compañía había decidido interrumpir o reducir la fabricación del tratamiento, lo que ponía a África al borde de una emergencia sanitaria. La OMS pidió a laboratorios públicos y privados de todo el mundo que dieran un paso al frente y encontrasen la manera de fabricar millones de vacunas al precio más bajo posible.
 
“Ninguna multinacional respondió, pero sí lo hicieron dos países latinoamericanos (Cuba y Brasil)”, recuerda un artículo publicado hoy en Science por Halla Thorsteinsdóttir, experta en Salud Pública de la Universidad de Toronto (Canadá), y Tirso Sáenz, del Centro de Desarrollo Sostenible de la Universidad de Brasilia (Brasil).
 
Ambos países desarrollaron un nuevo método de fabricación de la vacuna de Sanofi Pasteur (contra los serotipos A y C). El instituto Finlay de Cuba se encargó del desarrollo del compuesto y el Instituto Bio-Manguinhos de Brasil de estabilizarlo y prepararlo para su envío. El precio final de su producto era 0,7 euros, casi un regalo comparado con los 80 dólares (unos 60 euros) que cuesta la vacuna más usada en los países desarrollados, resalta el estudio. La alianza entre Brasil y Cuba ha permitido fabricar 19 millones de vacunas que se han enviado a países como Mali, Etiopía, Burkina Faso o Nigeria. La OMS dijo que la rápida reacción de ambos países había sido “extraordinaria” y que había contribuido a reducir las infecciones en África.
 
Mejor sin altruismo
 
Thorsteinsdóttir y Sáenz ensalzan la vacuna cubano-brasileña como un gran ejemplo de “cooperación sur-sur” que debería ser fomentado. Brasil y Cuba han seguido colaborando en otros proyectos sanitarios tanto bilaterales como destinados a terceros países. El último ejemplo es su proyecto para levantar un sistema sanitario en condiciones en Haití tras el terremoto de 2010.

Por otro lado esta cooperación permite evitar crisis humanitarias o epidemias  pero también ofrecer réditos económicos a los países que desarrollan los tratamientos, señalan los autores. Como ejemplos añaden a India y China, que en sus proyectos de desarrollo ponen la condición de que los países destinatarios les compren a ellos los suministros y servicios necesarios para ponerlos en marcha, algo no exento de polémica. Los dos expertos opinan que la colaboración sur-sur no tiene el tinte de “altruismo” del que pecan los países desarrollados en sus proyectos de cooperación. Proyectos como el de Cuba y Brasil “se basan en la solidaridad entre países que han tenido que sobrevivir a condiciones desafiantes”, resaltan.
 
“Dado que la ayuda de los donantes tradicionales de países desarrollados está en constante descenso por la recesión económica, los gobiernos, organizaciones internacionales y filantrópicas de los países con altos ingresos deberían reconocer los proyectos sur-sur en mayor medida para promover la salud y el desarrollo”, concluyen los autores.
 
Link al artículo original en la web de MATERIA.
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